'Anamorfos', 2013.

Jean de Dinteville y Georges de Selve (1526-1528), más conocido como Los embajadores, de Hans Holbein el Joven, es una obra poblada de símbolos que aluden al paso del tiempo, una vanitas a la que da excusa el retrato conjunto de los dos personajes. Si el crucifijo que asoma tras la cortina, en la esquina superior izquierda, alude a la salvación, dando un sentido final a la vida humana, el laúd con una cuerda rota es una alegoría de su fragilidad, como también lo es el elemento amorfo del primer plano. Se trata de una calavera —lo que se advierte si se contempla el cuadro desde su lateral derecho—, realizada mediante el procedimiento de la anamorfosis, una práctica frecuente en la pintura renacentista nórdica, cuyo fin, entre otros, parecía ser una llamada de atención sobre el punto mágico del espacio en el que la deformación desaparecía. 

 

El fingimiento de la tridimensionalidad ha proporcionado siempre a la pintura el poder del ilusionismo. Hasta la llegada del movimiento impresionista, el cuadro era entendido como un cubo de escenificación, que tomaba para sí préstamos del lenguaje escultórico. Esto fue así hasta que los impresionistas reivindicaron el color sobre la forma y la defensa de unos valores puramente pictóricos, liberando al cuadro de esa supeditación, y reafirmando su bidimensionalidad.

 

En Anamorfosintroduzco la anamorfosis, reivindicando la tridimensionalidad, pero sin devolver al cuadro su primitiva condición de ventana, sino convirtiéndolo en un objeto que, como una escultura, debe observarse desde más de un punto de vista que no es únicamente frontal: esto es, el margen del cuadro, donde el reflejo del personaje protagonista pierde su deformación y es legible. Incluyo, con ello, el espacio en torno al cuadro, el espacio necesario para que tenga lugar el desplazamiento del espectador. El cuadro deja de ser únicamente una superficie de dos dimensiones, al incorporar un área externa a él que implica la tercera dimensión.